Sunday, April 26, 2015


Quién le va a curar el corazón partío


En la cámara oriental del corazón de Hato Rey existe un apartamento donde alguna vez se ofreció un popurrí de servicios esotéricos tales como: lectura del tarot, curación de los chakras, comunicación con maestros espirituales, talleres para conectar con el Ángel Guardían, terapia de color y un taller de meditación visualizada para el control mental. Este último tenía dos sesiones: una, el cual se ofrecía en la mañana, era exclusivo para las celebridades de la televisión local de la talla de Silvanio Pérez y Cecille Carillón; y la otra sesión, nocturna, estaba designada para la prole. Los talleres reunían, durante su época dorada, un promedio de 20 meditadores y a veces el doble. El centro era orquestado por una dama andaluza, cincuentona pero vigorosa, de cabello corto y rubio, de ojos almendrados color ámbar y conocida como Luna Morada.

Felícita Gómez, una trabajadora en computadoras, aceptó la invitación de Gloria, una cliente suya, a la meditación visualizada.

Al arribo, Luna Morada recibió a Felicita con una mirada ácida. Al parecer, Felícita tenía facha de atea o de inmoral, que estaba allí por averiguá; y por regla general, este tipo de gente genera tapones en la fluidez espiritual. Luna no podía disimular la repulsión que le causaba esta nueva visitante, aun así, le ofreció la bienvenida. Felícita percibía la desconfianza en Luna como puñales de hielo seco; sintió la urgencia de abandonar el lugar pero la curiosidad por experimentar algo fantástico era más fuerte que el sentimiento de rechazo.

Luna tenía razón, Felícita estaba allí de averiguá, también acertó lo de atea, pero el ateísmo en Felícita no se daba por desencanto religioso ni inmoralidad sino por un impedimento de sentir fe en los asuntos divinos. No obstante, la visita de Felícita daba un indicio de humildad al querer encontrar la fe en algo supremo. Cualquier ente le valía en la medida que fuese un ser inteligente. ¿Qué mal hay en el deseo de creer en un ser poderoso y moralmente superior?

Las meditaciones comenzaban a las siete pasado meridiano. Felicita nunca se ausentó a las sesiones. En toda ocasión, Luna Morada prendía en sus ajuares alguna insignia protectora, un escudo que revirtiera las malas energías que alegadamente emanaba Felícta. Sin mencionar nombre, aunque mirando a Felícita, se quejaba del ataque de energías pesadas por parte algún meditador presente. En más de una ocasión se colgó del cuello un peñón de ámbar, protector universal contra el mal de ojo. Instaba a Felícita a vestir joyería de cuarzo rutilado, piedras negras como el ónix; indicados para estabilizar el primer chakra, cuyo síntoma de disfunción más obvio es la rabia. Increpaba: “Felícita, no me retes, no me resistas, eres muy mental, tienes que disolver esa rabia, despéjate, despoja tu casa con vinagre e incienso, medita todos los días.”

Felícita lo intentaba. Seguía fiel las instrucciones de su maestra espiritual. Se preocupaba por ser buena estudiante, lidiaba con su rabia, portaba una pulsera de cuarzo rutilado, o de hematita, u ónix, o la piedra según lo dictara Luna. Reprimía los pensamientos analíticos y la dependencia en el empirismo. No perdía la esperanza de experimentar los colores rosa y violeta de la fe genuina, de avistar seres cristalinos o traslúcidos, o de canalizar algún difunto, quizá a alguien como Héctor Lavoe para inquirirle porqué se lanzó desde el piso nueve del Hotel Regency en Condado.

Si la maestra indicaba no comer carne, Felícita no comía carne ni la deliciosa morcilla que tanto le gustaba; si la maestra ordenaba dormir con la baraja indicada bajo la almohada, así lo hacía la alumna; texto asignado, texto leído; y no se olvidaba de ser buena samaritana, de no maldecir, de acordarse conversar con los espíritus maestros, de pagar $5 de cuota por cada sesión. Gota a gota Felicita fue ganándose a Luna aunque nunca fue tan favorita como Alma, la hermana de Gloria.

Alma, al parecer, poseía mejor calidad en su carácter: era clemente, articulada, simpática, creyente, amorosa y entusiasta. Además, tenía una amistad estrecha con Luna. Juntas salían de compras, compartían en cafés, se telefoneaban frecuentemente y se contaban las penas. Si embargo, había algo en esta relación que no encajaba bien según la percepción de Felícita. Aquella relación lucía más matriarcal que de panas; a lo mejor era por la diferencia en edad pues Luna era considerablemente mayor. Tal vez a Felícita no le cuadraba la amistad tan estrecha si mediaba una jerarquía en el juego de roles, Luna era la gurú, Alma su aprendiz. Otros rasgos contrastaban: Alma era introvertida aunque soberbia, comedida y se expresaba en frecuencias gráciles. Luna era extrovertida, encandecida, tajante y dominante. Si en Alma moraba el rezo de una deidad hinduista, en Luna exclamaba el cante jondo de una gitana flamenca.

Pasaron los meses y Felícita se aburría de buscar y no concebir la fe ni amansar la rabia. Tampoco alcanzaba percibir animas traslúcidas, y Héctor Lavoe no aparecía ni en videos por Internet. La alumna había sucumbido a la tentación de comer morcilla y ya le cansaba el juego de resistencia por parte de Luna Morada. Además, las reuniones se habían convertido en un foro de chismes, burlas, discusiones abiertas sobre confidencias hechas en privado y desahogos personales. Gran parte del tiempo de la sesión se invertía para difamar a quien se ausentara a las sesiones; o se abusaba del temita de maldeamor; si no, era el tema de los malos hombres, en especial sobre el mala paga de Lorenzo Albacete, un conocido productor de televisión. Su persona era un tópico particularmente neurálgico debido a que gran parte de los asistentes estaba relacionado a los negocios con este señor; siendo por lo general empleados, ex empleados o suplidores de algún servicio. Si no se quejaban por el dinero que les debía, discutían sobre su orientación sexual: “¡Es que no acaba de salir del closet! Si le preguntas si es gay, él no te contesta con un simple ‘no’; en cambio, ofrece una letanía para explicar porqué no es gay, y eso evidencia precisamente que es gay...” argumentó Marcia, una de las meditadoras y secretaria de Albacete. A Felicita le importaban tres puñetas las deudas o la sexualidad de Albacete. ¿Qué aportaban estas idioteces en su camino para domar la rabia, concebir la fe y alcanzar el nirvana? En lugar de fe, Felícita procreaba el deseo de renunciar.

A Felícita le fastidiaba que Luna Morada y sus fans la tildaran de rabiosa. Sin embargo, no cuestionaban el estilo tajante de Luna. A veces espantaba los clientes como ocurrió con una reportera del periódico Primera Hora quien visitaba el centro por primera vez. Aconteció durante la sesión del taller de meditación visualizada. Este ejercicio procedía de la siguiente manera: la maestra dictaba un concepto y el estudiante debía construir la imagen mental correspondiente. Comenzaba como un pie forzado, el estudiante partía de una premisa impuesta por la maestra guía pero debía crear su propio ambiente, diseñar a gusto un escenario propio donde debía interaccionar con el objeto sugerido. Si la maestra decía “caminad por un sendero de tierra y entrad a la cueva adelante” el estudiante imaginaba según su propio criterio el aspecto de esta cueva y lo que hacía dentro de ella. Al finalizar la etapa de visualización, el estudiante reportaba a viva voce lo que vio e hizo en su imaginación. Al respecto, la maestra ofrecía un diagnóstico que beneficiaría al estudiante en su desarrollo espiritual.

Wharever.

Cierta noche, Luna condujo a los meditadores por un sendero que conducía a un árbol; instó a que observaran e interaccionaran con ese árbol. “Memoricen lo que vean, registren lo que sientan...” aseveró antes de dejarlos meditar en silencio por unos minutos. Al culminar la meditación, Luna preguntó a cada uno de los presentes por sus respectivos árboles. Felícita figuró un árbol grueso, frondoso al que le llovían flores rosadas como inspiraba la canción de Ednita Nazario, Lloviendo flores. La felicidad que le causó presenciar tal estampa la impulsó a abrazar aquel árbol fantástico. El diámetro del árbol era tan amplio que la punta de sus dedos no alcanzaban a tocarse. Tras vocalizar su visión, la maestra sonriendo muy pícara le preguntó: “¿Estás enamorada?” Felícita se sonrojó; ¡era cierto! durante esos días descubría que se enamoraba de un amigo. Le tocó el turno a la reportera de Primera Hora. El árbol que ella describió era raquítico, seco, decrépito. Lo narraba con asco como si se tratara de una víscera putrefacta. Admitió que le repulsaba tocarlo, mucho más abrazarlo. Al escucharla, Luna precisó: “Es obvio que tu no tienes sexo con tu marido. Esa repulsión, ese rechazo es lo que sientes por él. Tu relación con él está muerta. Esto no es nuevo, viene ocurriendo desde hace tiempo y lo sabes”. El silencio dentro del salón obligó a la maestra a explicar el objetivo del ejercicio. Resulta que el árbol simboliza, según Luna, la energía sexual. La interacción imaginada representaba el estatus de cada quien. Parece que la reportera quedó retratada tras el diagnóstico porque en su semblante encandecieron los siete colores del arco iris. Parecía derretirse como vela de santo. Jamás volvió a otra sesión.

Llegó el día cuando Felícita asistía a la meditación sólo por cumplir, como cuando la obligaban asistir a las clases de catecismo o al dentista. Sabía que la quemarían si se ausentaba y sentía pavor de aterrizar en una tragedia de chismes. Además, cosas extrañas ocurrían: si Felícita pensaba en Luna, o se acordaba de ella, de la nada Luna telefoneaba. Si Felícita soñaba con Luna, al día siguiente e inexplicablemente Luna la telefoneaba. A veces escuchaba su voz telepática pidiendo favores tal como ocurrió cuando sintió que debía diseñar un flyer para anunciar el taller “Comunícate con tu Ángel”.

Lo más insólito ocurrió en un intento epistolar de renuncia. Felicita esbozó en la privacidad de su hogar, una carta de despedida dirigida a Luna en la cual detallaba la razón de su partida: le resultaba inmoral que convirtieran las meditaciones en sesiones de chismes, que se abusara de confianzas y se divulgaran confidencias íntimas. A última hora desistió y rompió la carta. Acudió a la próxima sesión como de costumbre. Esa misma noche, Luna Morada relató a los presentes una experiencia paranormal acontecida más temprano ese día. Dijo que los maestros espirituales le asintieron su buen quehacer mas señalaron áreas a mejorar. Lo que debía mejorar consistía en evitar convertir la sesión de meditación en un foro de chismes. Sobre todo, debía ser más discreta. Dijo esto y miró brevemente y con una sonrisa leve a Felícita, agravando en Felícita el sentimiento de paranoia.

La curiosidad esotérica era insuficiente, le urgía renunciar pero necesitaba un pretexto potente que la empujara sin residuos ni ataduras en su conciencia. Ese pretexto llegó, un veintipico de diciembre.

Era una sesión especial de meditación navideña de fin de año que culminaría con un intercambio de regalos de amigo secreto. Había que ser puntual, a las 7:00 pasado meridiano pues los astros pertinentes estaban alineados por un tiempo muy breve en la constelación astrológica requerida para el ritual.

Sobre los regalos a intercambiarse, éstos no debían costar menos de $10 ni más de $20.

Los citados hicieron acto de presencia excepto las hermanas Gloria y Alma. Luna estaba furiosa. Vociferaba su desencanto por las ausentes, sobretodo contra Alma de quien enlistó una serie de defectos sobre su personalidad. Reacia a aceptar la impuntualidad de su amiga, Luna prendió el incienso, las velas e inició el rito. Diez minutos más tarde llegaron las hermanas. Sigilosas, hallaron hueco en el circulo de meditación. El sigilo no acumuló mérito para evitar la ignición de ira en Luna Morada. Las emociones le nublaron la razón. Pesaron los regaños sobre la pobre de Alma. ¡Bendito!, más abochornada no pudo estar. La maestra condenó incisivamente la impuntualidad de su estudiante más favorita y le recordó otra decena de ocasiones cuando Alma había fallado. La sesión no progresaba porque Luna no escapaba del remolino de la ira. No cesaba de humillar a Alma, repetía el mismo argumento pero abundaba con diversas anécdotas para ilustrar la alegada irresponsabilidad de Alma. Felícita, hastiada, alzó su mano para pedir permiso como lo haría una estudiante de escuela infantil. Se dirigió a la iracunda: “Luna, creo que has hecho claro tu punto. Estoy segura de que Alma agarró hace rato lo que querías hacerle entender. Me disculpas, pero se te está pasando la mano”. De pronto, Alma se desplomó en congoja. Gloria tomó la batuta en defensa de su hermana. En seguida explicó la razón de la demora: “Comprábamos un televisor para ti, Luna. A Alma le tocó tu nombre como su amiga secreta. La transacción en la tienda tomó más tiempo que lo usual, más el tapón de Bayamón para acá, por eso llegamos tarde.” Alma seguía llorando mientras la faz de Luna menguaba su ira. Ahora no hallaba cómo retraer la culpa. Imagínese, ¡por amor al Swami Yogananda... la tele de 32 pulgadas por la que tanto clamaba! La maestra reconoció que se excedió en la amonestación, pidió que la excusaran, pues no era ella quien actuaba sino un espíritu maligno que la poseyó. Las dudas fueron despejadas, los perdones adjudicados, las paces repartidas, y se dio por reiniciada la sesión.

Terminado el ritual procedieron a intercambiar los regalos. Los presentes desenvolvieron sus obsequios. Era un desenfunde de lujo: prendas con piedras brillantes, blusas y trajes de buenas telas, enseres, perfumes y chucherías cuyos respectivos costos excedían el doble de la cota de $20 acordada. El premio a lo más cheapy lo obtuvo Felícita con lo que le compró a su amiga secreta: unas pantallas tipo dormilona que no costaron más de $12 en Marshal's. Quien las recibió no pudo disimular su decepción.

“Todo esto es bullshit...” exclamó Felicita a su salida del centro, prometiendo jamás volver a pisar esta ni otra comemierdería esotérica. Aprendió que es menos arriesgado carecer de fe, que poseerla para que te tomen por mangó bajito.

Se enteró mediante Gloria, que aquel grupo paranormal se desbandó un año más tarde por culpa de otro espíritu maldito que poseyó a Luna Morada y la forzó atacar a los participantes con un arrebato más alborotado y psicótico que aquel que presenció Felicita. Tan traumático fue que ni Gloria ni Alma han querido precisar lo que ocurrió allí.

En fin, así bajó el telón de esta tragicomedia esotérica: Luna Morada regresó a la Madre Patria; Felícita no alcanzó a concebir la fe en nada divino, nunca supo cómo domar la bestia de su rabia y volvió a comer morcilla sin escarmientos.

Todo lo que aquí he descrito está basado en hechos reales, lo juro por el Internet y por Google mismo. Los nombres fueron alterados para proteger la identidad de las víctimas.



©2015POCILLOCORTADO







Saturday, April 25, 2015

Comemierda


La chica de rizos de coco seco esperaba sentada e impaciente al caballero de su cita, al exterior del Café Berlín en el Viejo San Juan. Era de noche, daba igual si era un viernes de abril o sábado en septiembre – hacía mucho calor. Vestía un escote pintado de rojo gallego que combinaba con el color de su pico labial. No le gustó para nada el comentario que le gritó el títere del carro que le cruzó de costado: “¡te dejaron plantaaá!”. “Uy”, pensó ella, “¿tan obvia me veo?”; y es que existía la probabilidad abismal de que Ricitos de carbón, el caballero de su cita, la dejara plantada esa noche. Había transcurrido casi una hora desde que calentaba el asiento del café con su nalgaje de arroz con tocino y huevo frito; torturándose con el recuerdo de la frivolidad de la cita anterior y la percepción que le latía como corazón de melaza de plomo, de que él ya no se entusiasmaba tanto por verla como ocurría al principio del affair.
¡Por fin! apareció Ricitos de carbón. Llegó corriendo. Endulzaba la noche con el glazing de sudor en su cabellera de carbono. Antes de llegar y sentarse ya explicaba la tardanza, muy casual, muy sincero, muy sin rodeos: que se había quedado dormido, y despertó de repente justo a la hora pautada para la cita. Ella hubiera preferido que lo dejara ahí pero él abundó: que estaba exhausto por el trabajo excesivo en los pasados días y por lo mucho que había chingado esa semana. Recalcado el plural femenino: con otras, con más de una, en menos de una sola semana. Eso último lo enunció con un vocablo menos soez que la palabra chingar porque él era un hombre fino, culto y profesor universitario. Ella, Ricitos de coco seco, quedó perpleja pero lo disimulaba con su postura de liberal falsa y una faz de cartel de propaganda política. Él, Ricitos de carbón, esclareció con una sonrisa de anuncio de leche fresca, que ella ocupaba el Top Ten de sus jevas. Lo enunció enfáticamente. ¿Porqué? Who knows? May be queriendo evitar en ella sentimientos de menoscabo porque sabía que el anuncio estuvo cabrón; o quizá todo lo contrario, para que ella se sintiera orgullosa, imagínese, ocupar el Top Ten de sus jevas.
De ahí terminaron los dos en el apartamento de él. Se la pasaron como trinaba Iris Chacón: bate que bate de chocolate, y chupa que chupa de pan y azúcar. Al cabo de 3 a 4 horas ella leyó en el semblante de su amante que debía marcharse. En la despedida él acarició solemne su propio pecho como quien canta el himno nacional, pidiendo disculpas anticipadas por la decisión de no volverla a llamar. Que se iba a esconder en otro pueblo de la isla para resolver los dilemas de su mente, para sanar las heridas de su órgano cardiaco, peinar sus ideas, desenterrar fósiles, construir un dique, curar el cáncer, unificar la teoría cuántica con la relatividad, qué mas daba; se marchaba solo, solito. Ella enmudecía mientras él se despachaba por los dos: “hasta que nos volvamos a ver”. Ella se metió en su carro color rojo gallego que combinaba con el drama en sus ojos. De camino a su casa se repitió así misma lo que predijo aquel títere del carro: “te dejaron plantaaaá.”

©2015POCILLOCORTADO