Comemierda
La chica de
rizos de coco seco esperaba sentada e impaciente al caballero de su cita, al
exterior del Café Berlín en el Viejo San Juan. Era de noche, daba igual si era un
viernes de abril o sábado en septiembre – hacía mucho calor. Vestía un escote pintado de
rojo gallego que combinaba con el color de su pico labial. No le gustó para
nada el comentario que le gritó el títere del carro que le cruzó de costado:
“¡te dejaron plantaaá!”. “Uy”, pensó
ella, “¿tan obvia me veo?”; y es que existía la probabilidad abismal de que
Ricitos de carbón, el caballero de su cita, la dejara plantada esa noche. Había
transcurrido casi una hora desde que calentaba el asiento del café con su nalgaje de arroz con tocino y huevo
frito; torturándose con el recuerdo de la frivolidad de la cita anterior y la percepción
que le latía como corazón de melaza de plomo, de que él ya no se entusiasmaba
tanto por verla como ocurría al principio del affair.
¡Por fin! apareció
Ricitos de carbón. Llegó corriendo. Endulzaba la noche con el glazing de sudor en su cabellera de carbono.
Antes de llegar y sentarse ya explicaba la tardanza, muy casual, muy sincero, muy sin rodeos:
que se había quedado dormido, y despertó de repente justo a la hora pautada para
la cita. Ella hubiera preferido que lo dejara ahí pero él abundó: que estaba
exhausto por el trabajo excesivo en los pasados días y por lo mucho que había
chingado esa semana. Recalcado el plural femenino: con otras, con más de una, en menos de
una sola semana. Eso último lo enunció con un vocablo menos soez que la palabra
chingar porque él era un hombre fino, culto y profesor universitario. Ella, Ricitos
de coco seco, quedó perpleja pero lo disimulaba con su postura de liberal falsa
y una faz de cartel de propaganda política. Él, Ricitos de carbón, esclareció
con una sonrisa de anuncio de leche fresca, que ella ocupaba el Top Ten de sus jevas. Lo enunció enfáticamente.
¿Porqué? Who knows? May be queriendo evitar en ella
sentimientos de menoscabo porque sabía que el anuncio estuvo cabrón; o quizá
todo lo contrario, para que ella se sintiera orgullosa, imagínese, ocupar el Top Ten de sus jevas.
De ahí
terminaron los dos en el apartamento de él. Se la pasaron como trinaba Iris
Chacón: bate que bate de chocolate, y chupa que chupa de pan y azúcar. Al cabo
de 3 a 4 horas ella leyó en el semblante de su amante que debía marcharse. En
la despedida él acarició solemne su propio pecho como quien canta el himno
nacional, pidiendo disculpas anticipadas por la decisión de no volverla a
llamar. Que se iba a esconder en otro pueblo de la isla para resolver los dilemas
de su mente, para sanar las heridas de su órgano cardiaco, peinar sus ideas,
desenterrar fósiles, construir un dique, curar el cáncer, unificar la teoría cuántica con la relatividad, qué mas daba; se
marchaba solo, solito. Ella enmudecía mientras él se despachaba por los dos:
“hasta que nos volvamos a ver”. Ella se metió en su carro color rojo gallego
que combinaba con el drama en sus ojos. De camino a su casa se repitió así
misma lo que predijo aquel títere del carro: “te dejaron plantaaaá.”
©2015POCILLOCORTADO
©2015POCILLOCORTADO
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